Cuentos de Cortázar
Casa tomada
(Bestiario, 1951)
(Bestiario, 1951)
Nos gustaba la casa porque aparte
de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa
liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos,
el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos
habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en
esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la
mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las
últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía,
siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios.
Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo
nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella
la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo,
a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos
en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y
silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía
asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún
día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo
para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la
voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene
era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se
pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué
tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor
el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre
necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos
para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque
algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana
encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo
al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los
colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar
una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en
literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero
es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo
importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede
releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo
sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno
de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una
mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No
necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos
y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba
una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como
erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo
donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui
a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del
mate le dije a Irene:
—Tuve
que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó
caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás
seguro? Asentí.
—Entonces
—dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.
Yo
cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor.
Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los
primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte
tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por
ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par
de pantuflas quetanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y
creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con
frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún
cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
—No está aquí.
Y
era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero
también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose
tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de
brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a
preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo
preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos
alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios
al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el
dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene
estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco
perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar
la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos
divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el
dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fijate
este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte
de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el
roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum
filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y
el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más
alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de
loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces
permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al
living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más
despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando
Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es
casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de
acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua.
Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en
la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A
Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin
decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran
de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo
mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No
nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta
la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero
siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos
en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste
tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
—No, nada.
Estábamos
con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi
dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como
me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi
brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la
calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré
la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera
robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
Axolotl
Hubo
un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del
Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad,
sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El
azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de
pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal,
tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los
leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el
húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y
fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía.
Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los
axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En
la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl
son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del
género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus
pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se
han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los
períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de
las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son
comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de
hígado de bacalao.
No
quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des
Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El
guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en
la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada
de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos
vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos.
Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas
burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y
angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo
del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el
cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi
avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e
inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a
la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito
rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso),
semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de
pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo.
Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero
lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en
menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su
cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente
carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que
parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio
interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne
rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos
e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por
el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo
de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura
rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran
debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una
excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada
diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a
bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos
posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el
acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la
cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se
siente menos si nos estamos quietos.
Fue
su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los
axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el
espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la
contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la
repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo)
me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban
horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los
restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus
hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de
la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al
vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos
puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las
criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus
caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su
dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me
daba vértigo.
Y
sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo
supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos
antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la
distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los
axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me
apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene
también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los
axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía.
Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía
fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una
metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé
conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio
abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro
inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje:
«Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo,
transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto
las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía
como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo
impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había
encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de
algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había
una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva
quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas
inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su
hora?
Les
temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del
guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come
con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco
desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban
lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía
mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir
todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando
lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían
en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los
axolotl no tienen párpados.
Ahora
sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al
inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de
mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo
del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en
que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan
terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de
piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese
infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia
sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo
sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba
pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el
misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara
de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi
cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi
fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y
yo comprendí.
Sólo
una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso
fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su
destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios
apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y
sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba
fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario.
Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El
horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo
de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en
un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero
aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a
un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía,
sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o
todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al
resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al
acuario.
Él
volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo
vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba
tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es
pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos
comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo
obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su
obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio
yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y
mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un
axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un
hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a
comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta
soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a
escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto
sobre los axolotl.
La isla a mediodía
La
primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los
asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la
bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba
y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa,
preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente
de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la
ventanilla entró el litoral de la isla, la franja dorada de la playa, las
colinas que subían hacia la meseta desolada. Corrigiendo la posición defectuosa
del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo.
«Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés. Sonaba brevemente
un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se borrara de
su boca de labios finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio que quería
jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar
otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con
un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como
petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las
caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste,
lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta,
aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá
un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse
la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte
interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente
mediodía.
A
Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el
paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían
siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después,
mientras ayudaba a un niño que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado
el plato del postre, descubrió otra vez el borde de la isla. Había una
diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre una ventanilla de la
cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como una
tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron,
esta vez con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas;
alcanzó a distinguir el dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban
hasta la playa. Durante la escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y
se preguntó si la isla no sería Horos. El radiotelegrafista, un francés
indiferente, se sorprendió de su interés. «Todas esas islas se parecen, hace
dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima
vez.» No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los
circuitos turísticos. «No durará ni cinco años», le dijo la stewardess mientras
bebían una copa en Roma. «Apúrate si piensas ir, las hordas estarán allí en
cualquier momento, Gengis Cook vela.» Pero Marini siguió pensando en la isla,
mirándola cuando se acordaba o había una ventanilla cerca, casi siempre
encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido, volar tres veces
por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres veces por
semana que volaba a mediodía sobre Xiros. Todo estaba falseado en la visión
inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla, la consulta al reloj
pulsera antes de mediodía, el breve, punzante contacto con la deslumbradora
franja blanca al borde de un azul casi negro, y las casas donde los pescadores
alzarían apenas los ojos para seguir el paso de esa otra irrealidad.
Ocho
o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con todas
sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía
inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de
nombre levantino daba sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías.
Contestó negativamente, oyéndose como desde lejos, y después de sortear la
sorpresa escandalizada de un jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina
de la compañía donde lo esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no
lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban
huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann
había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores
empleaban como pilotes del pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se
marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de
habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar
algunas provisiones y géneros. En la agencia de viajes le dijeron que habría
que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa
que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde
la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días
en la isla no era más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas
que siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después
empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini
fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había librerías de viejo;
se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre Grecia, hojeaba de a
ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra kalimera y la ensayó
en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su abuelo en
Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en
Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o
dolores; un día fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini
se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató
de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa
noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le
perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar
el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió
que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en
infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el
pasajero. En los viajes de vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la
mañana; el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la
tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida,
sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla
mientras Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo.
Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de
la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le
contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla
acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió
dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones. Carla
aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría con
el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y
los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).
Con
el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un
poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía,
apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola. La isla era visible
unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan limpio y el mar la
recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más pequeños detalles se iban
ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la mancha verde del
promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la arena. Cuando
faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un insulto.
Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el hotel, pero
prefirió ahorrar el dinero de la cámara ya que apenas le faltaba un mes para
las vacaciones. No llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania
en Beirut, a veces Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma,
todo un poco borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando otra
cosa, llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era
también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la
ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde
lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese
día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el
punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar
mirando el avión. «Kalimera», pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar
más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le faltaba para el viaje, en
menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios pegados al vidrio, sonrió
pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de
las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por
señas y por risas. Nada era difícil una vez decidido, un tren nocturno, un
primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación
interminable con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las
estrellas, el sabor del anís y del carnero, el amanecer entre las islas.
Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo presentó a un viejo que
debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló lentamente,
mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los
hijos de Klaios. El capitán de la falúa agotaba su inglés: veinte habitantes,
pulpos, pesca, cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios. Los
muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de
los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el
aire, una habitación pobre y limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel
curtida.
Lo
dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la
ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por
la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los
matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido mezclado con el yodo del viento.
Debían ser las diez cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor
de las caletas. Prefería estar solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la
playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era
capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento cuando se
desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien;
se dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió
mar afuera, se abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de
conciliación que era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda
que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en
la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran
que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había
olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
El
sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron
asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó
hacia las redes. Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini
le señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de
tela y su camisa roja. Después fue corriendo hacia una de las casas, y volvió
casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de
las once.
Secándose
en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. «Kalimera», dijo Marini, y el
muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas,
enseñó palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba
empequeñeciendo; Marini sintió que ahora estaba realmente solo en la isla con
Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su habitación y aprendería
a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de quedarse
y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas y echó a andar
lentamente hacia la colina. La cuesta era escarpada y trepó saboreando cada
alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas
de las mujeres que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de
reojo, riendo. Cuando llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor
del tomillo y de la salvia era una misma materia con el fuego del sol y la
brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de
impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de
baño. No sería fácil matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y
de espacio, sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí
donde tantas veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de
espaldas entre las piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos
encendidos, y miró verticalmente el cielo; lejanamente le llegó el zumbido de
un motor.
Cerrando
los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo
peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la
penumbra de los párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo
instante distribuyendo las bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o
alguno nuevo de otra línea, alguien que también estaría sonriendo mientras
alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de luchar contra tanto pasado
abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del
avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de
sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda
carrera por la colina, golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre
las espinas. La isla le ocultaba el lugar de la caída, pero torció antes de
llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la primera estribación de
la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía a unos
cien metros, en un silencio total. Marini tomó impulso y se lanzó al agua,
esperando todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la
blanda línea de las olas, una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del
lugar de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía sentido seguir nadando,
una mano fuera del agua, apenas un instante, el tiempo para que Marini cambiara
de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al hombre que luchó por
aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba respirar sin
acercarse demasiado. Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó en
brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara
llena de espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme
herida en la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con
cada convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca
repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan
pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz
de oír. A toda carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las mujeres.
Cuando llegó Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin
comprender cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse
desangrándose hasta ahí. «Ciérrale los ojos», pidió llorando una de las
mujeres. Klaios miró hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente. Pero como
siempre estaban solos en la isla, y el cadáver de ojos abiertos era lo único
nuevo entre ellos y el mar.
FIN
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